Hoy he salido a la calle en busca de un libro. Bueno, no solo se trataba de un libro. Se trataba más bien de un ritual, de un regreso. De caminar hacia arriba y llegar a la librería del barrio, que siempre parece que queda muy lejos. De sentir un paisaje familiar, en el que se superponen infinitas versiones de mí misma y de las personas que me rodean, pero la misma versión de las fachadas y de algunos locales, aunque en el fondo sepa que nada es inmutable.

El libro no lo tenían, tendré que volver dentro de un par de días y volver a dejar mis huellas en ese trayecto. Esas huellas en el suelo estaban prohibidas hace dos meses, ¿te acuerdas? Entonces, las soñaba desde la ventana. Asomada, me proyectaba en un viaje astral por las calles del barrio, y comprobaba en Google Maps que los lugares no se habían movido del mapa. De pronto, la calle se había convertido en un espejismo.
Ahora vuelvo a pasear y dejo a mis pensamientos «divaguear», que es una mezcla de divagar y de vaguear después de haber pasado el día ciñéndolos con mi ceño fruncido para concentrarme mejor y enfocar mejor la vista. ¡Qué gusto acompasar mis pensamientos con mis pasos!