Hablar sin parar

Mañana voy a comprarme “El viaje”, de Agustina Guerrero, en la librería del barrio. Es un viaje a Japón, pero también un viaje interior que la lleva al país de su ansiedad, que grita un mensaje que descifrará y compartirá con Loly Ghirardi, la amiga que la acompaña, y con sus lectores.

Hablar sin parar como curación, tirar del hilo de las palabras mientras Loly las borda en su retal de tela firmemente amarrado al bastidor. Hablar sin parar a unos ojos que miran, unos oídos que escuchan y una mente que no juzga. Qué difícil es eso, hablar sin ser juzgados, y escuchar sin juzgar.

Yo creo que es el un gran propósito, no juzgar, prestar atención a lo que nos dicen los demás desde un prisma benevolente, incluso aunque estemos en descuerdo o nos parezca que algo de lo que han hecho no está bien.

Y otro gran propósito es hablarnos sin juzgarnos, y escuchar lo que nuestro cuerpo nos quiere decir.

Mi yo de antaño

Yo tenía un blog que era un bazar de acontecimientos, pensamientos y emociones de una chica de dieciocho años que estaba empezando a salir al mundo. Se llamaba “El Bazar de las Artes” y hoy he podido releerlo, y sorprenderme. ¡Y tanto que me he sorprendido!

Porque esa chica soy yo, sí, y me reconozco en mis exclamaciones, mis observaciones alegres, mis inquietudes variopintas, mi curiosidad y mi gusto por el chocolate… Pero a la vez no soy la misma. He pasado por los días, o los días han pasado por mí, y dichas experiencias me han convertido en una versión diferente. Más madura, supongo, aunque me sorprende la sabiduría de mi “yo” recién salido de la adolescencia, que vertía reflexiones profundas sin despeinarse y, creo, sin darse cuenta ella misma de su profundidad.

También me ha sorprendido el desparpajo con el que compartía mi mundo. No es que entregara las llaves de mi vida privada a todo el que quisiera leerme, pero sí que podían conocerme en mi esencia, en mis costumbres cotidianas, en mis relaciones más cercanas, en mi forma de expresarme… Leer a mi yo de entonces es como escucharla hablar, lo cual a veces me lleva al sonrojo porque tenía menos filtros que ahora. Quizá también es que sabía que mis lectores eran, en su mayoría, personas con las que tenía mucha confianza, que compartían mi mismo código.

Hoy por hoy tengo más reservas a la hora de mostrarme. No es que tenga un gran interés en contar mi vida de la forma en que lo hacía antes, aunque era divertido… Sí, la verdad es que tenía cierto encanto lo de contar mi día a día a modo de diario, aunque ahora mismo mis días se repiten bastante y donde estén ocurriendo más cosas sea dentro de mi cabeza, que observa el mundo a su alrededor y piensa sobre él.

Querida “yo” de antaño, gracias por traerme hasta hoy. Con nuestros tropiezos, alegrías, desvíos, hallazgos, errores y aciertos seguimos llenando de vida nuestro bazar.

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Verano mental

Quiero desconfinar mi tiempo, desapresarlo de los límites que le imponen las tareas. Dejar que bailotee y se escurra por los bordes de la pista de baile sin perdiendo la cuenta de en qué día vive.

Quiero el tiempo de perderme en abrazos que no se vean interrumpidos por una alarma, sobremesas largas, paseos por la playa, risotadas con sabor a coca-cola, grillos por la noche.

Quiero desayunos largos de sábado, la levedad de una vacación, la posibilidad del encuentro, agarrar del hombro a mis amigos, acudir a un concierto.

Sueño con un verano mental, me da igual la estación del año. A ser posible, mirándote a los ojos y agarrada a tu mano.

Alegría doble, doble alegría

Cada una de ellas tenía su etiqueta explicativa, y una de ellas se llamaba “alegría doble”.

“Qué bonito”, pensé, “tanta alegría concentrada en una sola flor, como si le hubiera tocado un bonus. “¿Qué es la alegría doble?”, pensé también. Podría ser la llegada del fin de semana, que contiene dos días envueltos en papel de regalo, la llegada de gemelos -aunque eso también puede ser un doble acojono- o un Kinder sorpresa, que no solo contiene un delicioso huevo sino también un juguete bastante adorable.

En el paseo del otro día, me encontré con unas flores que sobresalían de sus maceteros, una nota de color expuesta en mitad de la calle sin necesidad de mascarilla.

El caso es que la alegría tiene la propiedad de multiplicarse. De hecho, si la compartes puede ser doble, triple, cuádruple, quíntuple, séxtuple y hasta céntuple.

un paseo

Hoy he salido a la calle en busca de un libro. Bueno, no solo se trataba de un libro. Se trataba más bien de un ritual, de un regreso. De caminar hacia arriba y llegar a la librería del barrio, que siempre parece que queda muy lejos. De sentir un paisaje familiar, en el que se superponen infinitas versiones de mí misma y de las personas que me rodean, pero la misma versión de las fachadas y de algunos locales, aunque en el fondo sepa que nada es inmutable.

El libro no lo tenían, tendré que volver dentro de un par de días y volver a dejar mis huellas en ese trayecto. Esas huellas en el suelo estaban prohibidas hace dos meses, ¿te acuerdas? Entonces, las soñaba desde la ventana. Asomada, me proyectaba en un viaje astral por las calles del barrio, y comprobaba en Google Maps que los lugares no se habían movido del mapa. De pronto, la calle se había convertido en un espejismo.

Ahora vuelvo a pasear y dejo a mis pensamientos “divaguear”, que es una mezcla de divagar y de vaguear después de haber pasado el día ciñéndolos con mi ceño fruncido para concentrarme mejor y enfocar mejor la vista. ¡Qué gusto acompasar mis pensamientos con mis pasos!